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Medida preventiva

Medida preventiva

Enrique Ganem
Por Enrique Ganem

El desarrollo de la ciencia moderna logró eliminar en pocas décadas muchas de las pesadillas que aterraron a la sociedad humana por miles de generaciones. La viruela, la fiebre amarilla, la peste y otras enfermedades, que resultaban invencibles en el pasado, pasaron de ser una realidad que frecuentemente mataba a miles e incluso millones de personas cada año a referencias perdidas en las páginas, reales o electrónicas, de las enciclopedias modernas.


El caso de la fiebre amarilla

Esta enfermedad fue documentada de manera moderna por primera vez en 1647, en Barbados; menos de un año después, la enfermedad llegó a Yucatán. Los mayas la llamaban xekik, o “vómito sangriento”. Las personas infectadas de pronto caían enfermas con una fiebre muy alta, dolores fuertes (especialmente en la espalda) y mucha debilidad. En todos los casos, los síntomas normalmente desaparecen entre tres y cinco días después, pero en uno de cada seis pacientes aparecen nuevos síntomas 24 horas después de la desaparición de la enfermedad inicial. Estas personas sufren de nuevo una fuerte fiebre, pero en esta ocasión el hígado y otros órganos resultan directamente afectados; el daño hepático produce un aumento de bilirubina en la sangre (es la sustancia que se produce cuando el hígado destruye a los glóbulos rojos viejos, normalmente se usa para crear bilis, que sirve para ayudar a digerir las grasas; nuestro cuerpo nos ofrece un ejemplo excelente de reciclado: la hemoglobina usada se convierte en un detergente que ayuda a una buena digestión).

Una de cada dos personas que entran en esta etapa y no recibe atención inmediata, muere entre dos y tres semanas después. En la antigüedad, una de cada 10 personas que enfermaban de fiebre amarilla moría de esta manera. Esto no parece mucho (después de todo, la variedad más agresiva de Ébola mata a nueve de cada 10 enfermos), pero las epidemias de esta enfermedad normalmente afectaban a miles de personas a la vez; en 1821, por ejemplo, Barcelona experimentó una epidemia ampliamente documentada que le costó la vida a unos 20,000 habitantes y tuvo fuertes repercusiones políticas por la delicada relación entre Francia, España y Cataluña en aquella época.

Cazadores de Microbios

Así se titula uno de mis libros favoritos. Lo recomiendo ampliamente. Narra las aventuras —reales— de los científicos que arriesgaron sus vidas para determinar la causa de muchas enfermedades infecciosas y lograron desarrollar los primeros tratamientos y vacunas. La apasionante obra de estos investigadores no le pide nada a las mejores novelas de aventuras, además no involucra violencia (todo lo contrario) y el resultado es el desarrollo del sistema de salud moderno; gracias a los Cazadores de Microbios, el promedio de vida pasó de unos 40 años en las ciudades más desarrolladas del mundo (y de 16 en las más pobres) a rebasar los 75 en una buena parte del mundo moderno.

Uno de estos Cazadores de Microbios fue Walter Reed. Este caballero realizó varios experimentos que demostraron que la fiebre amarilla es transmitida por un mosquito que acaba de ocupar, de nuevo, un lugar importante en los titulares del mundo, el Aëdes aegyptii. El mosquito hembra necesita una fuente de proteína de alta calidad y de fácil digestión para producir sus huevecillos (solo tiene entre dos semanas y un mes para hacerlo), y la sangre es ideal para esto; es abundante (hay muchos organismos, principalmente mamíferos, en el hábitat natural del mosquito) y tiene todas las sustancias necesarias para fabricar huevecillos de buena calidad.

 

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Si el mosquito hembra pica a una persona infectada con fiebre amarilla, o con cualquier otra enfermedad en la que el agente causante se encuentre activo en la sangre, bastará con que luego pique a otra persona para transmitirle la enfermedad.

Existen muchos otros casos de insectos que transmiten enfermedades, a veces graves, por este proceso. La peste bubónica, por ejemplo, es transmitida por pulgas (que también se alimentan de sangre). Afortunadamente, este proceso no funciona con todas las enfermedades donde el agente causante se encuentra activo en la sangre (de otra manera, la epidemia del SIDA o la del Ébola habría acabado ya con la civilización mundial), pero en el caso de la fiebre amarilla, el dengue, la malaria, el paludismo y otras, la picadura de mosquito (especialmente del Aëdes) es especialmente efectiva.

A pesar de este conocimiento y de las vacunas y tratamientos desarrollados en el último siglo y medio, algunas de estas enfermedades siguen siendo especialmente serias; solo entre el paludismo y la malaria, cada año mueren alrededor de 1 millón de personas (hace pocos años, la cifra era cercana a los 5 millones). El mosquito Aëdes, en las últimas tres décadas, se ha dispersado por el mundo ayudado en buena parte por los sistemas de transporte modernos (especialmente por barco: los huevos del mosquito pueden permanecer viables por más de un año incluso en ambientes perfectamente secos; resulta imposible evitar que viajen en el polvo que cae en un barco al llegar a un puerto donde el mosquito es común).

Es natural que la noticia de cualquier enfermedad transmitida por insectos, especialmente por el infame Aëdes, rápidamente atraiga la atención de las autoridades de salud en todo el mundo.

 

¿Emergencia pública internacional?

El zika es una enfermedad conocida desde 1947 y sus síntomas no son especialmente preocupantes; casi todas las personas infectadas por zika nunca desarrollan molestia alguna, y solo en algunos casos aparece algo de fiebre, irritación en los ojos, dolores en articulaciones y quizá un poco de salpullido. Normalmente, los síntomas desaparecen a los siete días. Entonces, ¿por qué la Organización Mundial de la Salud declaró que el sika es una Emergencia Pública Internacional?

Vamos por partes…

Al igual que la gripe, la fiebre amarilla, el SIDA y otras enfermedades (tanto suaves como mortales), el zika es una enfermedad producida por un virus, es decir por una diminuta estructura construida con moléculas orgánicas pero que no está viva. Los virus no respiran, no comen ni generan desechos, pero pueden afectar el comportamiento de una célula viva. Un virus típico es varias docenas de veces más pequeño que una bacteria (que mide alrededor de una milésima de milímetro) y solo puede reproducirse con la ayuda de una célula viva.

Un virus es, en esencia, una pequeña jeringa natural llena de “material genético”. En esta ocasión no vamos a entrar en la explicación detallada de lo que significa este término (no por precaución o miedo, sino por falta de espacio), pero basta con decir que este término involucra a cualquier molécula que puede darle órdenes a la maquinaria molecular que controla la producción de las sustancias que necesita la célula para vivir (normalmente, el ADN en el núcleo de una célula sana es el que hace este trabajo). Cuando un virus logra entrar a una célula, su material genético entrega instrucciones a la célula para que fabrique copias del virus; tarde o temprano, la célula muere y puede liberar hasta unas 100,000 copias del virus, que atacarán a otras células.

En algunas enfermedades, como el Ébola, este proceso no se detiene; en tres o cuatro días, una buena parte de las células de una persona son destruidas y el paciente no solo muere... casi literalmente se disuelve. Afortunadamente, casi siempre el sistema inmune del cuerpo puede aprender rápidamente a interceptar los virus en la sangre y la infección se detiene (además, existen medicamentos que, en algunos casos, pueden interrumpir alguna parte del proceso de replicación de los virus).

El zika normalmente es detenido por el sistema inmune. Al igual que otras enfermedades producidas por virus, en algunas ocasiones el sistema inmune puede funcionar mal y entonces comienza a atacar al resto del cuerpo. En esos casos, la persona comienza a sentirse cada vez más débil; aparece entonces el síndrome de Guillain Barré. Esta condición puede ser peligrosa si no es tratada a tiempo, pero normalmente se puede curar con relativa facilidad. En cuanto al zika, el síndrome ocurre más o menos con la misma frecuencia con la que aparece en personas con gripe y otras enfermedades virales.

 

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Alerta en la OMS

Lo que alarmó a la Organización Mundial de la Salud (OMS) fue que un reciente brote epidémico en Brasil estuvo acompañado por un aumento significativo de casos de microcefalia en ese país. Otros trabajos revelaron que el virus puede penetrar la barrera placentaria; en pocas palabras, el virus puede pasar a través de las complicadas defensas moleculares que protegen a un feto en formación (casi todas las enfermedades comunes son detenidas y neutralizadas por esta barrera). La evidencia disponible en el momento en que la OMS hizo su anuncio no era muy sólida que digamos.

Hagamos un breve resumen de este caso…

El zika es una enfermedad conocida desde hace décadas. Normalmente no produce síntoma alguno y solo en algunos casos aparece una fiebre más o menos suave y otros síntomas leves que desaparecen en una semana. Incluso las reacciones inmunitarias graves (comunes a cualquier enfermedad) no son especialmente serias en este caso.

Entonces, ¿el anuncio de la OMS fue exagerado? La respuesta es claramente que no.

Hay que recordar la situación del SIDA. En todos los países existen casos naturales de personas cuyo sistema inmune deja de funcionar y mueren por infecciones que normalmente el cuerpo puede detener con facilidad. El aumento de estos casos en algunos grupos sociales en California en la década de los 80 parecía un simple accidente estadístico. Fue necesario esperar a que la ciencia detectara la verdadera importancia de esta enfermedad para que se comenzaran a recomendar acciones preventivas; para entonces, existían millones de personas contagiadas en todo el mundo.

En el caso del zika, existe evidencia incompleta, pero sugestiva, de la relación entre malformaciones genéticas y la infección (incluso cuando no causa síntomas). ¿Se imagina si resulta que el sika realmente aumenta el número de casos de malformación seria del cerebro en bebés por nacer? Para cuando se reúna evidencia suficiente, existirían millones de casos de personas que no van a tener la oportunidad de llevar una vida normal y que requerirán de atención especial por el resto de su vida. Esto no solo destruiría la posibilidad de muchas familias de llevar una vida feliz y tranquila, sino que también podría destruir la economía de un continente entero.

Hasta el momento, la evidencia sigue siendo insuficiente para determinar si el zika produce microcefalia en fetos de menos de tres meses, pero de todas formas bien vale la pena proteger a las madres embarazadas de la picadura de este mosquito.

 

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